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“Algunos días más tarde, volvería a su vida normal más rápido de lo que indica el decoro burgués,
porque deprimirse también es un privilegio del que algunos no gozan.
Tendrá que soportar la mirada inquisitoria de la secretaria de algún juzgado penal
y las opiniones divididas en el pasillo sobre el nivel de su responsabilidad.”

Juan Grabois – La clase peligrosa

Por Pedro Salinas
(Concejal de Ciudad Futura y presidente de la Comisión de Seguimiento por el Crimen de Trasante)

I

Carolina, la viuda del Edu, ni siquiera tuvo esa posibilidad. Claro que debió soportar miradas de soslayo, leer crónicas policiales que le reprochaban algo parecido al encubrimiento y, finalmente, en el punto cúlmine de la desvergüenza, tuvo que enfrentar el escarnio público de unos papelitos huidizos que los fiscales le escondieron celosamente.

 

Pero Caro nunca jamás, desde hace ya nueve meses, pudo volver a una vida que se asemeje en algo a la normalidad. A diferencia de cualquier madre pobre de hijo pobre, no pudo siquiera peregrinar inútilmente su desazón por los pasillos de Tribunales. Caro debió ser trasladada de su ciudad natal, sustraída de su propia casa en la que presenció el asesinato de su marido, porque algún “técnico” en seguridad diseñó un informe de “análisis y evaluación de riesgo” que proponía algunas obviedades: ese homicidio feroz, a priori, portaba algunas peculiaridades que lo distinguían de la mayoría de los 214 con los que terminó el 2020. Caro y sus hijos/as debían ingresar inmediatamente en el máximo nivel del Programa de Protección a Testigos, y desde ese páramo existencial donde el tiempo se ralentiza y acelera indistintamente, donde todo lo que hay son no-lugares, aprender a administrar la depresión y el desconsuelo, hacerlos compatibles con el cuidado de sus hijos y esperar novedades de la investigación penal en ciernes.

II

El 14 de julio de 2020, a las tres de la tarde, dos individuos ingresaron por la fuerza a la casa de Eduardo Trasante y lo asesinaron brutalmente. Minutos más tarde, móviles policiales rodeaban el domicilio, el gabinete criminalístico de la Agencia de Investigación Criminal acometía con las pericias de rigor mientras algún agente con jurisdicción en la zona labraba desganadamente el acta de procedimiento. Casi al unísono arribaba a la escena del crimen el fiscal de homicidios en turno. Movileros de radio y cámaras de televisión se agolpaban en el perímetro delimitado por una cinta roja y blanca, sólo franqueada por los deudos que comenzaban a llegar mientras un puñado de curiosos intentaba discernir qué carajo acababa de pasar en el barrio.

 

En ámbitos y lugares muy distintos, un montón de celulares empezaban a sonar con ritmo frenético. Las redes sociales ya dejaban ver sentidas y acomplejadas despedidas, algunos tuits de ocasión que no lograban ocultar su indiferencia, y la incredulidad generalizada empezaba a absorberlo todo. La noticia, que conmocionó a la ciudad entera, resumió en una narración gráfica el punto máximo de esa consternación, la que señalaba que el delirio cotidiano de la violencia aún no encuentra su límite: en la secuencia, Eduardo muestra a cámara una foto de la ametralladora FMK3 con la que asesinaron a uno de sus hijos cinco años atrás, acto seguido, las imágenes hacen foco en la vereda de su vivienda, transformada repentinamente en escena del crimen.

 

El 14 de julio de 2020, hace hoy nueve meses, asesinaron a plena luz del día a Eduardo Trasante, ex Concejal de la ciudad y líder social consumado en la lucha por justicia y contra el narcotráfico en Rosario. El hombre que sobresalió por su templanza ante la adversidad, por su entereza inalterable moldeada al calor de una fe estricta y un discurso cautivante, el Pastor que rezó junto a los asesinos de su hijo y predicaba por una Rosario en paz, fue asesinado frente a su familia.

 

La violencia contra la que luchó se lo llevó a él también.

Ningún esfuerzo se ahorraría en una investigación tan trascendente, se dijo entonces.

III

La vida -pero más la muerte- de los pobres alteran sustancialmente el significado de algunas palabras. Aceptamos que así sea, casi inopinadamente, y eso se constituye en una fuerza autónoma con gravitación propia, un cauce natural del devenir prácticamente imposible de perturbar. Lo que le sigue a la tragedia de un pobre no es necesariamente la conmiseración, sino fundamentalmente una o varias sospechas. En una ciudad donde se mata y se muere de a montones y sin mayores sobresaltos, el funcionamiento del Poder Judicial es quizás lo más expresivo de esa alteración establecida. Eso que los medios comúnmente llaman investigación judicial y que en nuestra imaginación se presenta con grandes pliegues de complejidad es en realidad el ejercicio de un impulso mecánico: se trata de un lapso de tiempo y de medidas judiciales más bien precarias destinadas a confirmar tan siquiera en parte la sospecha originaria. Es decir, a dilucidar con todo lo que se pueda de rigor cuánta responsabilidad tiene una víctima en su propia muerte, y si los grados de rigor no resultaran demasiado cuantiosos, siempre habrá a mano un entorno o familia esquiva, poco colaborativa, más bien renuente. Este conjunto de repeticiones casi instintivas será, a la postre, lo que conoceremos públicamente como una comprometida y rigurosa investigación penal.

 

La verdad es otra cosa bien distinta, y su necesidad es enormemente relativa. Preguntarse cuántas muertes estamos dispuestos a tolerar es engañarse de principio a fin, porque no desagrega cuáles.

 

Muy de vez en cuando, con la fuerza de lo episódico, suceden hechos cuya irrupción amenaza romper con la letanía inercial de ese funcionamiento. Hechos que por su propia singularidad y contenido, casi siempre acompañados de una significativa repercusión social, tienen la capacidad de preanunciar algo distinto, de abrir un breve compás de tiempo en el que las posibilidades de respuesta parecen ser más prolíficas. O menos asimilables a la inercia.

 

El homicidio de Eduardo Trasante, emblema y testimonio descarnado de esta ciudad violentada, parecía sugerir nuevas y horrendas derivas en el itinerario criminal, cifrar un mensaje mafioso prístino e indubitable para condicionar algunos resortes democráticos.

 

Pero alguien decidió que no. Que no era momento para eso o no era redituable.

 

Y que no tanto sobre la vida, pero sí sobre la muerte de Eduardo Trasante, bien podían posarse más sospechas que verdades, más intrigas que hechos y circunstancias.

 

Eso es lo que hasta ahora conocemos como comprometida y rigurosa investigación penal en torno al homicidio de Eduardo.

IV

Carolina se despierta distinta esa mañana de octubre. No termina de dilucidar si eso que la abriga es algo parecido a la esperanza, o si sencillamente el hecho de viajar a Rosario, de romper momentáneamente con la monotonía de su nueva vida en suspenso es lo que le acelera las pulsaciones como hacía tiempo no sucedía. Quizás las dos cosas.

 

Cuando piensa en Rosario le asaltan siempre las mismas imágenes del vértigo: la maldita tarde del 14, esa misma noche sin luz atrincherada en su casa, las interminables horas de la mañana siguiente frente a un puñado de fiscales que le hicieron ver miles de fotos, eso que ahora se llama “El Programa”, el velatorio, entierro, y la partida rauda, sin abrazos ni despedidas, hacia no se sabe dónde.

 

Ahora, después de tres meses de investigación, Caro necesita creer. Aferrarse a algo. Cualquiera en su lugar lo necesitaría, pero no cualquiera es capaz de ponerse en ese lugar.

 

Sabe que revolvieron el celular de Eduardo en todas las direcciones que habilita la física. Buscaban el más mínimo rastro de una deuda, de un encono, algo, lo que sea, que pueda desovillar ese asunto de interés público hacia el más conveniente ámbito privado. Todo lo que encontraron fueron conversaciones con familiares de víctimas, comedores populares que pedían abastecerse de alimentos, bendiciones de a muchas y fecha y hora de reuniones de fe.

 

Caro tenía la esperanza, ahora sí, de que la cita con los fiscales sea para dar vuelta la página. Y así sucedió. En la entrevista, pudo saber de nuevas y prontas imputaciones en la causa. Asintió con una mezcla de ánimo y terror cada vez que los fiscales daban algunos nombres propios o relataban peripecias inherentes a su labor.

 

Contrariando el clima imperante en ese rectángulo inmenso de cemento y vidrio, Caro salió del Centro de Justicia Penal contenta. Sentía que algo comenzaba a enderezarse. Y se dirigía ahora junto a su custodia a la Municipalidad, donde sería recibida por el Intendente.

 

El tiempo se aceleraba voraz, y a pesar del cansancio no quiso bajarse ni un segundo del vértigo. El tiempo y su vida ya volverían a ponerse en suspenso.

V

Para el 22 de octubre de 2020 se fijó la audiencia de imputación. Allí se le reprocharía formar parte de un plan criminal conjunto para dar muerte a Trasante a tres jóvenes con distinta gravitación en el organigrama criminal local. El más avezado, cuyo perfil algunos diarios locales se habían ocupado de elaborar, era un joven ciudadano de nacionalidad peruana que estaba preso hacía tiempo, cuya peculiar ocupación era ser piloto de aviones y a quien se sindicaba como el mayor proveedor de cocaína de máxima pureza en el sur provincial. Entre los otros dos jóvenes, con distinta participación presumible en el hecho, uno se destacaba por haber sido vecino de Eduardo en Villa Moreno, y del otro se presume que prestaba servicios como sicario para una importante banda local. Luego de una esforzada búsqueda para dar con el paradero de este último a los fines de su aprehensión, alguien cayó a cuenta que estaba detenido en un penal hacía meses por otro hecho delictivo.

 

Todo indicaba que la audiencia se desarrollaría sin sobresaltos, con las presumibles actuaciones que corresponde a cada una de las partes. No fue así. La fiscalía, sobre el final de la audiencia, mostraría unos cartelitos aparentemente encontrados en el teléfono de uno de los acusados que, sin resultar un aporte demasiado significativo en la imputación, nuevamente colocaban el potencial móvil del asesinato no sólo ya en un entorno privado, sino en algo evidentemente lacerante para el buen nombre de la víctima y su entorno. Y presto para la confrontación pública.

 

Entre la imputación por el homicidio a un líder local del narcotráfico y esos cartelitos escabrosos que la fiscalía ocultó deliberadamente a la Querellante hay una distancia abismal. Pero eso no necesariamente es un problema. La verdad es una cosa bien distinta a una investigación penal, y su necesidad es enormemente relativa.

 

Cinco minutos después de finalizada la audiencia, los fiscales se disponían a protagonizar una conferencia de prensa frente a cronistas policiales que accedieron a información del expediente antes que la propia Querella. Ni pilotos de aviones, ni cocaína, ni sicarios, ni crimen organizado y sus profusos vínculos. Dos cartelitos abominables y un “pedido de informe” (sic) a Ciudad Futura.

 

Eduardo empezaba a ser un poco pero oficialmente culpable de su propio asesinato.
Quienes luchamos por justicia casi que también.

 

Los reposados análisis y columnas de opinión dejaron momentáneamente en suspenso la estricta preocupación por los procedimientos, la prueba respaldatoria o menudencias similares.

 

En el fragor de una batalla que creen auténticamente suya, que libran imaginariamente bastante lejos de todo riesgo, hay quienes se permiten determinadas licencias. Creen poder operar o servirse circunstancialmente de una fuerza autónoma con gravitación propia, hacer uso para sus nobles fines de esa fuerza inercial con funcionamiento automatizado por la costumbre y el prejuicio. La fatalidad del maridaje entre megalomanía y prédica progresista.

 

Ante el advenimiento de un nuevo diluvio les preocupa no mojarse, porque se saben a salvo del ahogamiento.

VI

En nueve meses de investigación se revolearon tantas hipótesis y presumibles móviles del crimen que se torna difícil enumerarlos pormenorizadamente. Desde sus inicios con “La orden para matar a Trasante  vino desde adentro de la cárcel de Piñero” hasta estos días, la verborragia de los fiscales se fue retorciendo, chapoteando en hipótesis provisorias sin demasiado respaldo, alcanzando al día de hoy un silencio probablemente determinado por lo errático de su actuación, por verse caminando sin rumbo ni orientación y a solas.

 

En un repaso esquemático, tenemos que grupos del crimen organizado, por alguna razón (preferentemente del ámbito privado) ejecutaron el asesinato del Edu. De ahí, pasamos a los cartelitos que cumplieron no más que el rol esperado (un golpe de efecto público sin ningún tipo de sustento en la investigación, pero que permitió culpabilizar a la víctima y sus adyacencias). Para llegar, aún nadie pudo explicar bien por qué y cómo, a la hipótesis de que el asesinato puede estar vinculado a una suerte de íntima venganza de uno de los condenados por el Triple Crimen de Villa Moreno para con el Edu (hipótesis que se revoleó indistintamente en algunas etapas de la investigación pero nunca generó certezas).

 

Esta última hipótesis fue explicitada por uno de los fiscales en medios masivos de comunicación a quien en rigor llamaron para requerirle otra información. La decisión de la fiscalía de desvincular a uno de los imputados en el homicidio en un estadio tan preliminar de la investigación, a quien esa propia fiscalía le había achacado ser parte de una empresa criminal conjunta cuyo objetivo último era dar muerte a Eduardo Trasante, precipitó una discrepancia que además del ribete público, tuvo su desenlace tribunalicio. Dos audiencias se realizaron para revisar la desvinculación del imputado. En las dos, dos jueces penales distintos resolvieron receptar los argumentos esgrimidos por la parte Querellante, con la férrea oposición tanto de la defensa del imputado como de la fiscalía (que lo había imputado meses atrás). Esta resolución, bastante importante y trascendente, no mereció una sola línea en un solo diario de los que se ocupan afanosamente de cubrir el caso Trasante.

VII

Carolina comienza ahora a tener algo equivalente a una rutina. Las clases presenciales de sus hijos/as son casi la única certeza en una vida suspendida a dos bandas, entre el extremo de la dislocación que produce estar en un programa de protección y, en el otro, una pandemia sanitaria de carácter universal y civilizatorio.

 

Después de un breve cobijo de esperanza, que terminó por revelarse lisa y llanamente como un engaño, Caro decidió sustraerse momentáneamente del anonimato para enfrentar una cámara de televisión. Le habló directamente a esos fiscales que no dudaron en enlodar a su marido asesinado, que de una forma cobarde le mintieron en la cara algunos días antes de aquella audiencia que sucedió hace ya más de cinco meses.

 

Carolina ahora recuerda que el Edu le contó alguna vez, medio al pasar, que en un país no muy lejano, México o Colombia, existía algo que se llama Ley General de Víctimas. Y que entre todas esas palabras indescifrables había una que era algo así como reparación simbólica, y que podía llegar inclusive a que algún funcionario de Estado debiera pedir disculpas públicamente. Carolina lo piensa, intenta fijar exactamente ese pedazo de conversación en sus recuerdos, y se ríe. Se hace la imagen, puede visualizar en su cabeza la secuencia exacta del video, cuando repentinamente le asalta el recuerdo de aquella reunión, de aquel viaje a Rosario, de los cartelitos…

 

A ver si se dan cuenta los fiscales que esto no es una pelea contra Edery y Ávila, es contra las mafias que se llevaron al Edu y que se llevan todos los días vidas en nuestra ciudad”, dijo Caro en el último acto por justicia para Eduardo.

 

Hay almas que son muy grandes y profundas, es un hecho.

VIII

¿Cómo se hace para no caer de jeta en el lodo donde nos quieren meter a todos y sin distinción, todo el tiempo? ¿A quién se le puede ocurrir pedir prudencia en medio de un manoseo inmundo y alevoso? ¿De verdad nadie va a decir nada después de que pasaron cinco meses de esos papelitos de mierda y se demostró que no era más que eso: mierda y operación? ¿Tanto se pueden hacer los boludos, o a qué le tienen miedo?

 

Buscar y saber reconocer quién y qué, en medio de la mierda, no es mierda, y hacerlo durar, y darle espacio. Hoy es un gran día para volver a leer “Papelitos mafiosos”, de Andrés Abramowski en el diario La Capital.

IX

Nueve son los meses de investigación, de desorientación y manoseo permanentes. Nueve meses del asesinato del Edu. Nueve meses intentando sobreponernos al griterío para que alguien nos diga de verdad ¿Quién mató a Trasante?

 

Nueve meses apenas de todos los que vendrán.

Conferencia de prensa ante el crimen

Resumen acto a 1 mes del crimen de Eduardo

Intervenciones en el acto a 1 mes del crimen

Movilización a 3 meses del crimen de Eduardo

Acto a 5 meses del crimen de Eduardo

Carolina Leones en De 12 a 14