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Entre muchísimas imágenes siempre está esa. Hay secuencias de fotos incriminatorias, hay una tapa de diario que es la desvergüenza, hay dibujos, stencils, canciones y más. Pero los 26 de junio elegimos seguir aferrándonos a esa imagen en apariencia sencilla, pero que contiene y expresa casi todo. Darío extiende tenso su brazo, como si intentara agigantar la palma de su mano. Bajo sus rodillas, yace inerme el cuerpo de otro pibito como él. Y ahí está Darío: ofrenda una mano para apretar la de Maximiliano ya sin vida, extiende la otra para gesticularle al mercenario que tiene parado enfrente con una escopeta en la mano (y que, por un acto de estricta justicia plebeya, no tenía por qué aparecer en la imagen que elegimos para recordar a los nuestros).

Ahí están Darío y Maxi en esa imagen para recordarnos siempre que “existen otros mundos pero están en éste”. Porque como lo muestra la imagen, aunque no los veamos con un primer golpe de vista, los verdugos siempre están. Al acecho.
Ahí está esa imagen condensando el choque irremediable, el encontronazo inapelable de pulsiones opuestas.

Darío, en cuclillas ante dos muertes: la de Maxi, irreversible, y la suya, suspendida unos instantes, corolario del más noble, puro y desinteresado instinto humano: nunca, jamás dejar a alguien tirado. Entre el silbido de las balas, las corridas y los gritos de desgarro, Darío se frenó para acometer su último acto solidario, para intentar socorrer a un pibe que ni siquiera conocía, pero que no dudaba era su compañero.

Enfrente, ajeno a cualquier cosa que lo asemeje con la condición humana, el comisario anodino, embriagado de impunidad y ávido por reportarse a la superioridad, ejecuta cobardemente el tiro que dará muerte a Darío y herirá gravemente a los accidentados gobiernos que intentaron vanamente desligarse de esa cacería feroz.

Darío y Maxi, los 26 de junio, son eso que pervive hasta nuestros días, dieciocho años después: la imagen viva del choque entre dos mundos irreconciliables. El que se construye desde abajo y con la fuerza de manos solidarias, como las de Darío que fabricaban bloques de hormigón para las casas de chapa, que son también las de nuestras “doñas” que hoy revuelven la olla para que en medio de esta pandemia nadie quede en el camino. La de lxs que sabemos que nos salvamos entre todxs porque sino no se salva nadie.

Y ese otro mundo, que tiene también otras manos, capaces de apretar gatillos o acomodar en un excel la desventura de millones sin ningún remordimiento, porque saben que su particular forma de “salvación” funciona condenándonos al resto.

Esa imagen nos susurra de qué lado elegimos estar cada día de nuestras vidas, nos reafirma qué mundo queremos construir, cómo se hace y junto a quiénes.

Pitu Salinas, militante y concejal de Ciudad Futura, sobre el legado de Darío Santillán y Maximiliano Kosteki en un nuevo 26 de junio.